Boletín de novedades en epilepsia Núm. 1, año 2008
Revisión en epilepsia

Depresión en la epilepsia: ¿dónde debemos buscarla?

A. Gil-Nagel Rein. Servicio de Neurología. Programa de Epilepsia. Hospital Ruber Internacional. Madrid.
Desde la antigüedad se conoce que existe una relación estrecha entre la epilepsia y la depresión; de hecho, ya Hipócrates, alrededor del año 400 a.C., escribió que ‘los melancólicos se convierten en epilépticos y los epilépticos en melancólicos’ [1]. La relación clínica entre ambas entidades ha sido ignorada durante un largo período de tiempo, especialmente en la última mitad del siglo XX, cuando la psiquiatría y la neurología separaron sus caminos. Sin embargo, la evidencia ha vuelto a expresarse con fuerza. En 1990 se publica un trabajo de Forsgren y Nystrom [2], en el cual se demuestra que la frecuencia del diagnóstico de depresión antes de la epilepsia es siete veces superior a la de un grupo de controles de edad y sexo similar. Diez años después, Hesdorffer et al [3] observaron que la probabilidad de haber presentado depresión antes del diagnóstico de epilepsia era 3,7 veces superior que en los controles.

Todos los estudios coinciden en que la depresión es la comorbilidad psiquiátrica más frecuente en los pacientes con epilepsia y en que la depresión incrementa el riesgo de padecer epilepsia. Esta relación sugiere que ambos trastornos comparten mecanismos patogénicos comunes, que implican a neurotransmisores y estructuras anatómicas. Ambos procesos comparten alteraciones en la concentración de neurotransmisores en diversas regiones del sistema nervioso central. La serotonina (5-HT), noradrenalina, dopamina, ácido gammaaminobutírico y glutamato intervienen en la patogenia de ambos trastornos [4-9]. Así, por ejemplo, la disminución de la actividad serotoninérgica y noradrenérgica facilita el proceso de kindling de los focos epilépticos, lo que aumenta la gravedad de las crisis e intensifica la predisposición a las crisis en modelos animales de epilepsia [10].

El déficit de transmisión serotoninérgica y noradrenérgica se ha revelado como un mecanismo fisiopatológico tanto en depresión como epilepsia. En gran parte, esto se ha demostrado mediante estudios en ratas con predisposición genética a la epilepsia por sobresalto (RPGE), RPGE-3 y RPGE-9 [10-13]; estos animales expresan no sólo crisis generalizadas en relación con estímulos acústicos, sino también una aceleración en la aparición de epileptogénesis secundaria mediante kindling. En estos animales de laboratorio se identifica déficit de la transmisión presináptica y postsináptica serotoninérgica y noradrenérgica. El déficit noradrenérgico en las RPGE se debe a una ramificación deficiente de las neuronas del locus coeruleus [13,14], una inhibición presináptica excesiva de la liberación de noradrenalina en los campos terminales y falta de aumento postsináptico compensador [10,15]. Además, la gravedad de la epilepsia tiene relación con la gravedad del déficit de transmisión noradrenérgica. También existe déficit en la ramificación serotoninérgica en el cerebro de RPGE, así como una densidad deficiente de receptores 5-HT1A postsinápticos en el hipocampo [16]. La relación entre estos neurotransmisores y las crisis está también apoyada por el hecho de que el incremento de la transmisión de noradrenalina o 5-HT (por ejemplo, por acción de fármacos inhibidores de la recaptación de serotonina) reduce la frecuencia de crisis en estos modelos animales, mientras que su reducción (por acción de reserpina o tetrabenazina) tiene el efecto contrario [10,16,17].

También se han demostrado efectos antiepilépticos con 5-hidroxi-L-triptófano (5-HTTP, un precursor de la 5-HT), y fluoxetina en numerosas especies animales sin predisposición genética a padecer epilepsia [18-22], lo cual apoya un papel amplio de estos mecanismos de acción, que trasciende de un modelo animal específico y puede explicar algunos mecanismos de epileptogénesis en las epilepsias más comunes. En este sentido, la activación de los receptores 5-HT1A provoca una respuesta de hiperpolarización de la membrana, el estado de la membrana neuronal en el cual es menos probable que se produzcan descargas repetitivas características de las crisis epilépticas; así que éste puede ser el mecanismo final por el cual se reduce el riesgo de crisis a través de la vía serotoninérgica.

Varios fármacos antiepilépticos han demostrado que poseen propiedades psicotrópicas, como la carbamacepina, la oxcarbacepina, la sal sódica del ácido valproico y la lamotrigina. Se ha observado que precisamente algunos de estos medicamentos incrementan la concentración de 5-HT [23-28], una vía que de nuevo relaciona los mecanismos de la depresión y la epilepsia. Por otra parte, la protección antiepiléptica de la carbamacepina puede bloquearse con fármacos que deplecionan la 5-HT [24]. También esta vía puede tener relación con el mecanismo de acción de la estimulación eléctrica del nervio vago, tanto en la epilepsia como sobre el humor; en la rata, la acción de la estimulación eléctrica del nervio vago está relacionada con la activación del locus coeruleus [29], y a través de esta estructura directamente se involucra el equilibrio del tono serotoninérgico en el sistema nervioso central. En línea con esta hipótesis se encuentra la demostración de que la disminución de las neuronas noradrenérgicas y serotoninérgicas en la rata impide o reduce significativamente el efecto antiepiléptico del estimulador del nervio vago frente a crisis inducidas por electrochoque o pentilenetatrazol [30].

Los datos clínicos que relacionan la epilepsia con la depresión no son escasos. Los déficit en la transmisión de 5-HT en la depresión humana pueden relacionarse, en parte, con una escasa inervación serotoninérgica en zonas terminales, que se refleja en los niveles reducidos de 5-HT hallados en el plasma y las plaquetas de pacientes con depresión. En el tejido cerebral de pacientes con depresión grave y suicidio se describen alteraciones en el transporte de serotonina y reducción de la densidad de receptores postsinápticos de 5- HT1A [31-46]. Hallazgos similares se identifican en vivo, en pacientes con epilepsia temporal, utilizando tomografía por emisión de positrones (PET) con antagonista del receptor 5-HT1A. Estos estudios demuestran una reducción de la unión de 5-HT1A en las estructuras temporales mesiales, en el rafe y en el tálamo [44,47]. La relación de 5-HT y noradrenalina con la epilepsia también está refrendada por pequeños trabajos que revelan un empeoramiento de la epilepsia en algunos enfermos tratados con reserpina, un medicamento que depleciona las reservas de monoaminas [41,48]. Además, un estudio aleatorizado doble ciego, controlado con placebo, reveló que la imipramina, un antidepresivo tricíclico con efectos inhibidores de la recaptación de noradrenalina y 5-HT, reduce la frecuencia de crisis de ausencia y mioclónicas [42-44]. También se ha obtenido mejoría en el control de las crisis con el uso de doxepina, fluoxetina y citalopram en estudios abiertos [44-47].

Pero las relaciones entre epilepsia y depresión además se establecen por alteraciones anatómicas comunes [48], especialmente aquéllas que se relacionan con el sistema límbico, como son la región mesial de los lóbulos temporales y frontales, y la corteza orbitofrontal. Alteraciones en la morfología y el tamaño de estas estructuras se describen en el trastorno depresivo mayor primario [49]. La atrofia del hipocampo es frecuente en algunas formas de epilepsia focal y también en pacientes con depresión, si bien el patrón histológico de cada una de ellas es probablemente diferente. Por otra parte, existe una relación directa entre la gravedad de la depresión y la afectación del hipocampo y la amígdala, ya sea medida por resonancia magnética estructural, espectroscopia, PET o tomografía computarizada por emisión de fotón único [50-54]. No obstante, la mayoría de los autores coincide en que la disminución del hipocampo en la epilepsia es más marcada que en el trastorno depresivo mayor. En el trastorno depresivo mayor, la atrofia del hipocampo se atribuye a una alteración de los factores neurotróficos derivados del cerebro y a tasas elevadas de glucocorticoides en el sistema nervioso central, mientras que en el hipocampo está relacionada con mecanismos excitotóxicos mediados principalmente por glutamato.

Es posible que la presencia de depresión tenga un impacto negativo adicional en enfermos con epilepsia del lóbulo temporal o que indique una enfermedad más grave. Así, por ejemplo, un estudio de 90 pacientes tratados con lobectomía temporal por epilepsia farmacorresistente constató que el resultado quirúrgico en el control de crisis era peor en pacientes con antecedente de depresión [55]. En parte, este hallazgo puede tener relación con el hecho de que los pacientes con epilepsia temporal pueden presentar anomalías funcionales y estructurales en otras estructuras anatómicas, principalmente los lóbulos frontales. Así, por ejemplo, algunos autores identifican reducción del metabolismo inferofrontal de forma bilateral cuando la epilepsia se acompaña de depresión [56-59]. Además, las pruebas neuropsicológicas revelan disfunciones de ejecución mediadas por el lóbulo frontal, cuando además de la epilepsia existe una depresión comórbida [60]. Precisamente estas estructuras están también alteradas cuando se analizan mediante estudios de imagen funcional y estudios anatómicos en pacientes con depresión primaria aislada [61,62]. Por lo tanto, el círculo se cierra y puede especularse que la epilepsia mantenida induce cambios funcionales y anatómicos permanentes que provocan depresión en los pacientes con epilepsia.

Conclusiones
Contamos con evidencias suficientes que demuestran una estrecha relación entre la epilepsia y la depresión. La relación es aparente en estudios clínicos, bioquímicos, funcionales y estructurales. Ante esta evidencia, debemos valorar cuidadosamente la existencia de depresión en los pacientes con epilepsia y ser activos en su tratamiento. Pero, además, también debemos considerar la presencia de epilepsia en algunos pacientes con depresión.

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